este año, enero llega de manera diferente.
enero siempre trae reencuentros y abrazos,
kilómetros de más bajo las ruedas,
y la sensación de volver a casa después de tanto tiempo.
este enero,
las campanadas ya no traían huidas de cenicienta.
tampoco madrugones de película.
el frío no congelaba la ventana
y el paisaje no se deslizaba
ni cambiaba
ante nuestros ojos.
las mañanas no eran tan frías.
el vaho no acudía a tu llamada
y la ropa de abrigo
seguía descansando al fondo del cajón.
Green Day ya no sonaba bajo las estrellas,
cantándole a septiembre.
Tampoco hemos subido el volumen de Bohemian Rhapsody
y no la hemos cantado a grito pelado
mientras recorríamos carreteras desiertas.
la cencellada no nos ha esperado
y el río ha despertado vestido de blanco
sin que estuviéramos ahí para inmortalizarlo.
a pesar de eso,
ha seguido bajando cargado de historias,
anécdotas
y nostalgia.
enero no estaba hecho para nosotras.
las campanadas de la catedral no han escuchado las carcajadas de la cabalgata.
el castillo se ha iluminado con tonos más oscuros
y nuestra heladería favorita espera cerrada
a que volvamos a congelarnos la lengua en pleno invierno.
ahora que febrero ya está a la vuelta de la esquina,
me he dado cuenta
de que sigo sin encontrar cobijo en estas murallas,
sabiendo que las que nos protegen
están muy lejos de aquí.
y sé que el tiempo juega en nuestra contra,
y que la incertidumbre roza cada día del calendario,
pero sé que las calles encerrarán más miedos,
que huiremos de miradas y personas curiosas
y que, tarde o temprano,
volveremos a casa.
Volveremos a discutir por ver quién pone la música,
volveremos a andar hasta que nuestros pies no puedan más,
volveremos a pasar por nuestro bar favorito,
volveremos a hacer trampas de más en juegos de mesa
y volveremos a acariciar las pieles del pasado.
Dejaremos las mentes en blanco,
y volveremos a tener la sensación,
al menos por unos días,
de que todo está bien.
Reencuentro, qué palabra tan bonita.