lunes, 18 de mayo de 2020

Casa.

Azoteas con regustillo a alcohol
y que son la pista 
de más de un avión. 

El cielo se tiñe de colores
a nuestras espaldas
viajando al ritmo de nuestras risas.

Las nubes se llevan 
nuestras anécdotas de viaje, 
sin miedo a alejarse de nosotros. 

(No) abrazos que saben a gloria
y a lágrimas
que esperan desde hace mucho a ser derramadas. 

Distancia
(rota)
que espera a ser cortada. 

Noche,
atardecer en vela, 
nuestra canción cantada a grito pelado. 

Madre mía. 

Meses consumidos 
por el llanto de una llama
que no quiere apagarse. 

La nueva rutina parece no querer irse
y resuena en cada una de las esquinas, 
acechándonos
en busca de otra vuelta de reloj
y más ganas de hundirse en la arena. 

Y nosotros... 
aquí estamos, 
después de días, 
semanas 
y horas
marcados con tinta en nuestra piel
y en nuestras emociones. 

Quién me iba a decir
que después de tanto tiempo
sin salir de lo que pensaba que era casa
la encontré en unos abrazos no dados
o una bolsa de pistachos
que volaba por el aire imparable. 

Casa no es el sitio en el que vives.
Y después de hoy lo tengo claro. 

Casa es ese sitio donde ríes, 
donde lloras y te sinceras
con las estrellas como testigo. 

Donde no tienes miedo de ser tú
y donde puedes gritar
hasta vaciarte los pulmones. 

Casa, 
vosotros, 
amigos, 
familia, 
lo que sea. 

Hay tantos nombres que ya no sé cuál elegir.
Aun así sí que sé qué decir: 
gracias. 

Gracias por ser el nudo
del que tirar 
para salir de este bucle
que no ha hecho más que consumirnos
y ponernos a prueba.

Gracias por ser guía, 
risa, 
ancla. 

Gracias por ser. 

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