Yo vengo de un mundo de fantasía donde la magia hace tiritar a los árboles. Un mundo donde existe más magia de la que esta sociedad está dispuesta a creer que existe.
Tú vienes de un mundo más realista donde cada uno lucha por lo que cree que es justo, con la destrucción que esto implica y que yo me niego a ver.
Tal vez la clave está en que yo me niego a ver la realidad tal y como es. Me gusta disfrazarla con toques más dulces y fantásticos con los que siempre soñaba de pequeña.
Tal vez la clave está en que a ti te cuesta soñar con seres que no existen, y siempre que has acabado siguiendo tu corazón ha acabado doliendo un poquito.
Vivo en un mundo en el que la magia sigue existiendo y no solo en las fantasías. Encuentro magia en las miradas, en lo que es capaz de provocar un cuerpo al lado del tuyo y en los besos que hacen temblar de arriba a abajo.
Tal vez por eso, en mi mundo todo era mucho más bonito de lo que realmente era y yo no lo quería ver. O tal vez no podía verlo por culpa de las gafas de niña con las que miraba el mundo a través.
Tal vez con tu magia acelerabas el reloj sin que yo apenas me diera cuenta. Y por eso cualquier rato contigo merecía la pena, aunque fuera una hora o incluso menos. Contigo las horas se hacían minutos y los minutos segundos. Y si venían acompañados y decorados de tus abrazos o tus labios, ya no teníamos miedo de ir a contrarreloj.
Tal vez por eso nuestros recuerdos se vieron encerrados en un parpadeo efímero que no tardó en escapar por nuestra piel y luego por la ventana del pequeño hogar que habíamos construido.
Desde entonces, el otro lado de la cama está frío y ya nadie juguetea dormido con mis dedos.
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