me
confundes
más
a
cada
paso
que
das
Por primera vez, en mucho tiempo, me siento libre, sin un peso a mis espaldas que no hace más que ralentizar los pasos que doy en este nuevo camino.
El primer día recorriendo este sendero ha sido extraño y ha vuelto con un viejo sabor a melancolía y pasado. Ha sido como viajar en el tiempo, aunque sentía unas cuerdas reteniéndome las muñecas de la manera más racional posible.
No sé qué me deparará el futuro más próximo, pero quiero descubrirlo. Aunque eso signifique separarme de algunas personas en la linde del bosque y avanzar de la mano de otras muy diferentes, a pesar de que nuestros caminos ya acabaron entrelazados un día.
Y ahí vuelven los nervios. Y lo hacen de una manera nueva. Revolviendo estómagos, pero también con ganas.
Tornem a jugar al mal pas.
Hay algo en tus ojos. Algo diferente y que aún después de todos estos años me llama como nada más, como si tuviera nombre y apellidos propios.
Hay algo en la forma en que te miro. Algo irrepetible y tuyo que sé que va a quedar atrapado en las memorias de tus recuerdos por mucho tiempo y mucha gente que pase.
Parece mentira que, después de darle tantas vueltas al reloj, ese algo siga brillando cada vez que nuestras miradas se entrecruzan y nos reímos.
Parece mentira que haya tardado tanto en darme cuenta de que, por mucho que el tiempo pase, siempre va a haber una parte de nosotros que siga ahí.
Estaremos en miradas fugaces,
en comentarios sarcásticos
o en bromas privadas que nadie más entenderá,
en sonrisas
o en miradas largas
que se imaginan escenarios que ya nunca pasarán,
pero estaremos.
Otra vez estoy cayendo en ese bucle, pensando en si dejarme llevar por un impulso masticado por el tiempo o si dejarlo caer en un abismo temporal para reencontrarme con él más tarde.
Lo peor de todo es que sé perfectamente cuál es la decisión que no voy a tardar en tomar.
Es tan fácil como saltar. Saltar desde las rocas para sumergirte en un río de agua fría en el que no sabes qué te espera, tener unas manos que te cojan de la tuya y te animen a hacerlo cuando saben que es realmente lo que quieres hacer, aunque no te atrevas a dar una zancada que te llevará a viajar por el aire.
Es tan fácil por provocar un impulso que no acaba de llegar y que llevará a un lugar más feliz.
Y luego está mi cabeza. Esa que dice que no lo haga, que hay otra solución y otra salida más fácil por la que evacuar a la mayoría de los problemas, de los inconvenientes y del dolor, aunque sé que es mentira y que tan solo se está intentando autoconvencer para no tener que enfrentarme al momento tan temido.
Ojalá tuviera las cosas tan claras como digo,
ojalá fuera lo suficientemente valiente para saltar,
y ojalá
las heridas
no tarden mucho en curarse.
Sabes a casa.
Sabes a casa en tu mirada. En tu sonrisa. En cómo te ríes cada vez que bromeas. Y lo haces porque sigo reconociéndote en los mismos gestos, a pesar de cómo has cambiado a lo largo de estos años.
Supongo que es un poco raro tener que acostumbrarme a esa parte de ti que ha cambiado. A veces supone ver nuevos gestos que no conozco o enterarme de pequeñas cosas que en el fondo siempre van a doler un poco, pero he aprendido a convivir con la pequeña espina que dejaste al cortar el rosal que había en la entrada a casa y ya incluso nos estamos haciendo amigas. Recita poemas y te escribe viejas cartas cuando tu recuerdo duele un poco de más. Tendrías que ver qué rimas y qué metáforas le inspiras.
Podremos cambiar mucho, pero en el fondo sé que siempre vas a ser casa.
Y también sé que,
por mucho que pasen los años,
aquí siempre vas a tener unos brazos que te arropen
y que te rodeen
siempre que lo necesites.
Mi cabeza ya está haciendo de las suyas otra vez. Ha lanzado un grito de socorro que se ha perdido en el eco y que nadie ha llegado a oír mientras las olas golpean los riscos de la playa trayendo poemas perdidos a la arena.
Busco con los dedos una mano que pueda aferrarme y sacarme del agua, pero aunque todas ellas se acercan a la espuma, no llegan a sumergirse en el océano de sal y me dejan navegando a la deriva sin rumbo. No sé a dónde voy, pero espero encontrar un destino pronto, uno en el que pueda poner el cartel de casa en la entrada.
La energía se me agota. Me pierdo entre serenatas que celebraban tiempos mejores y me dejo llevar por el oleaje mientras la ropa y el pelo se me pegan al cuerpo dibujando una nueva figura que no reconozco en el espejo.
El agua me hunde. El pecho me arde.
Y yo,
sin encontrar nada a lo que aferrarme,
acabo cayendo en un abismo oscuro y eterno
que parece prometer que no tiene final,
o,
al menos,
que no tiene un final que vaya a llegar pronto.