miércoles, 19 de agosto de 2020

 Otra vez estoy cayendo en ese bucle, pensando en si dejarme llevar por un impulso masticado por el tiempo o si dejarlo caer en un abismo temporal para reencontrarme con él más tarde. 

Lo peor de todo es que sé perfectamente cuál es la decisión que no voy a tardar en tomar. 

Es tan fácil como saltar. Saltar desde las rocas para sumergirte en un río de agua fría en el que no sabes qué te espera, tener unas manos que te cojan de la tuya y te animen a hacerlo cuando saben que es realmente lo que quieres hacer, aunque no te atrevas a dar una zancada que te llevará a viajar por el aire. 

Es tan fácil por provocar un impulso que no acaba de llegar y que llevará a un lugar más feliz. 

Y luego está mi cabeza. Esa que dice que no lo haga, que hay otra solución y otra salida más fácil por la que evacuar a la mayoría de los problemas, de los inconvenientes y del dolor, aunque sé que es mentira y que tan solo se está intentando autoconvencer para no tener que enfrentarme al momento tan temido. 

Ojalá tuviera las cosas tan claras como digo, 

ojalá fuera lo suficientemente valiente para saltar, 

y ojalá 

las heridas

no tarden mucho en curarse.

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