Mi cabeza ya está haciendo de las suyas otra vez. Ha lanzado un grito de socorro que se ha perdido en el eco y que nadie ha llegado a oír mientras las olas golpean los riscos de la playa trayendo poemas perdidos a la arena.
Busco con los dedos una mano que pueda aferrarme y sacarme del agua, pero aunque todas ellas se acercan a la espuma, no llegan a sumergirse en el océano de sal y me dejan navegando a la deriva sin rumbo. No sé a dónde voy, pero espero encontrar un destino pronto, uno en el que pueda poner el cartel de casa en la entrada.
La energía se me agota. Me pierdo entre serenatas que celebraban tiempos mejores y me dejo llevar por el oleaje mientras la ropa y el pelo se me pegan al cuerpo dibujando una nueva figura que no reconozco en el espejo.
El agua me hunde. El pecho me arde.
Y yo,
sin encontrar nada a lo que aferrarme,
acabo cayendo en un abismo oscuro y eterno
que parece prometer que no tiene final,
o,
al menos,
que no tiene un final que vaya a llegar pronto.
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