Me acabé el último capítulo hace meses, pero todavía no me he atrevido a cerrar el libro. Este sigue esperando en la estantería hasta que alguien se atreva a acariciar sus páginas por última vez.
La historia que se cuenta en ellas es única y tiene muchos finales diferentes. Pero lo más mágico de este libro es que cada persona escribe su historia y su final.
Y aquí estoy,
escribiéndome y plasmándome en unas páginas blancas que amenazan con acabarse.
Durante estos meses he paseado por centenares de pasados y futuros, esperando a que alguno de ellos cumpliera mis expectativas sin ser muy consciente de que el pasado ya estaba escrito y de que ninguna goma de borrar sería capaz de hacerlo desaparecer. Ahora miro al futuro con incertidumbre y miedo y voy abriendo puertas entreabiertas que me dan la bienvenida a nuevos cambios.
Cierro las puertas detrás de mí, pero eso no impide que los fantasmas me persigan. Caminan sobre mis huellas y juegan a atormentarme mientras hundo sus voces con música y letras de poemas que parecen haberme escrito a mí en lugar de yo a ellos.
Por las paredes se dibujan recuerdos, aviones perdidos que no dudaron en despegar a pesar de que yo no había ocupado mi asiento, personas, lugares, sonrisas, lágrimas. Los colores juegan a desteñirse sin miedo a mezclarse y forman un caos de formas en el que me veo a mí reflejada.
A mí,
A ti,
en medio de un mar de confusión que me devuelve la mirada.
La siguiente canción suena y ya veo las siguientes puertas entre las que tendré que elegir.
Una se abre,
otras se cierran.
Y a pesar del miedo,
a pesar de la nostalgia
y de la pena,
las olas nunca llevan de pasajera a la misma agua marina.
Igual que nuestras vidas tienen que cambiar,
y tal vez por eso mi puerta no tiene mirilla.
Cúmulo de sensaciones,
cuenta atrás,
y un giro de muñeca
con sabor a futuro.
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