miércoles, 3 de julio de 2019

Sin ningún miedo

Me pregunto muy a menudo si realmente consigo encerrar mis sentimientos en una caja. Y lanzar lejos la llave para no encontrarla hasta por lo menos dentro de unas horas.
Tengo miedo a ser demasiado transparente y que puedan ver a través de mis ojos hasta leerlos (y leerme) por completo. Porque si de algo estoy segura es de que alguien que está roto nunca podrá volver a ser el mismo de antes, siempre quedará alguna cicatriz del intento de remediarlo todo. Quedará por dentro o por fuera, por la piel o por el corazón, pero estará ahí y la mía es bien visible.
Intento esconderla con maquillaje y sonrisas para luego curarla con poesía y libros que terminan en cuestión de días. Poesía por llamarlo de alguna manera.
Llevo meses arrastrando esta cicatriz, pero parece que no sana. Parece que no quiere sanar, al menos no por completo, y siempre pretende recordarme la causa que la produjo. Qué cabrona. Como si hiciera falta. Como si su causa no se paseara por mi cabeza lo suficiente.
Parece increíble que el tiempo juegue a contrarreloj, porque en vez de acercarme a la salida, me alejo de ella rodeada de centenares de preguntas protagonizadas por por qués.
Por qué no soy capaz de gritarlo todo.
Por qué no dejo de volver atrás.
Por qué no soy capaz de seguir adelante.
Tropiezo con la misma piedra y esta no hace más que crecer cada vez, impidiéndome ver qué hay más allá del camino que quiero (o debo) seguir.
Ahora me dirijo a ti, piedra: tú ya encontraste y seguiste tu camino. Después de años, meses, semanas, días y horas que se me han hecho ya incontables, creo que me toca a mí. Aunque duela. Aunque caigan varias lágrimas en las baldosas del camino.
Aunque me gire de vez en cuando para mirarte,
recordarte,
y sonreírte,
pero esta vez sin ningún miedo.

No hay comentarios:

Publicar un comentario