Azoteas con regustillo a alcohol
y que son la pista
de más de un avión.
El cielo se tiñe de colores
a nuestras espaldas
viajando al ritmo de nuestras risas.
Las nubes se llevan
nuestras anécdotas de viaje,
sin miedo a alejarse de nosotros.
(No) abrazos que saben a gloria
y a lágrimas
que esperan desde hace mucho a ser derramadas.
Distancia
(rota)
que espera a ser cortada.
Noche,
atardecer en vela,
nuestra canción cantada a grito pelado.
Madre mía.
Meses consumidos
por el llanto de una llama
que no quiere apagarse.
La nueva rutina parece no querer irse
y resuena en cada una de las esquinas,
acechándonos
en busca de otra vuelta de reloj
y más ganas de hundirse en la arena.
Y nosotros...
aquí estamos,
después de días,
semanas
y horas
marcados con tinta en nuestra piel
y en nuestras emociones.
Quién me iba a decir
que después de tanto tiempo
sin salir de lo que pensaba que era casa
la encontré en unos abrazos no dados
o una bolsa de pistachos
que volaba por el aire imparable.
Casa no es el sitio en el que vives.
Y después de hoy lo tengo claro.
Casa es ese sitio donde ríes,
donde lloras y te sinceras
con las estrellas como testigo.
Donde no tienes miedo de ser tú
y donde puedes gritar
hasta vaciarte los pulmones.
Casa,
vosotros,
amigos,
familia,
lo que sea.
Hay tantos nombres que ya no sé cuál elegir.
Aun así sí que sé qué decir:
gracias.
Gracias por ser el nudo
del que tirar
para salir de este bucle
que no ha hecho más que consumirnos
y ponernos a prueba.
Gracias por ser guía,
risa,
ancla.
Gracias por ser.